Una Oración en el Duelo y la Pérdida
SEÑOR, nombro esta soledad con honestidad, como lo hizo David cuando oró: «Mírame, y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido» (Salmo 25:16). No fingiré que el dolor no es real, pero tampoco me quedaré detenido en el dolor. Hazte presente para mí en esta ausencia concreta: [nombra la ausencia que más sientes]. Porque esta soledad no es solo una habitación vacía o un teléfono en silencio: es el dolor más hondo de estar entre la gente y aun así sentirme desconocido, de entregarme por entero y ser visto solo en parte.
Estoy cansado de explicarme tanto, de cargar con todo el trabajo de la relación para que alguien por fin me comprenda, solo para encontrarme con un espejo empañado. Sin embargo, tú me has examinado y conocido; percibes mis pensamientos desde lejos, y antes de que haya una palabra en mi lengua, ya la sabes toda (Salmo 139:1-4). Contigo ya soy plenamente conocido, y no tengo que traducirme. Aquieta en mí la necesidad desesperada de ser comprendido a la perfección por todos.
Ayúdame a soltar a las personas que solo pueden amarme en parte. Aun los más cercanos a mí ven ahora por espejo, oscuramente, y conocen en parte (1 Corintios 13:12); ellos no son tú, y nunca fueron hechos para llevar lo que solo tú puedes dar. Líbrame de exigir un espejo perfecto a personas que ellas mismas siguen estando quebrantadas.
Enséñame qué es la verdadera presencia. Cuando el dolor aplastó a Job, sus amigos hicieron primero lo más verdadero que el amor puede hacer: se sentaron con Job en el suelo durante siete días sin decir nada (Job 2:13); fue cuando se apresuraron a explicarle y corregirlo que se volvieron consoladores molestos (Job 16:2). No necesito que me gestionen ni que me arreglen; necesito ser conocido. Envíame personas que simplemente se sienten conmigo, sin querer gestionarme, y hazme esa clase de presencia sin prisa para los demás.
Anclame en tu amor inquebrantable que nunca se acaba, en tus misericordias que son nuevas cada mañana (Lamentaciones 3:22-23), y en tu promesa de que nunca me dejarás ni me desampararás (Hebreos 13:5). Sostenme allí, para que deje de oscilar entre esconderme de todos y aferrarme a una conexión que no puedo forzar.
Ahora haz lo que prometiste: tráeme un compañero a mi alcance esta semana, muéstrame a quién has puesto ya cerca de mí, y dame valor para volver hacia tu pueblo en lugar de apartarme (Hebreos 10:25). Hasta entonces, y aun entonces, sé el Amigo que permanece. Llena los lugares vacíos con tu presencia, y recuérdame que nunca estoy sin ser visto, nunca sin ser conocido, y nunca verdaderamente solo. En el nombre de Jesús. Amén.
Salmos 34:18Cercano está Jehová á los quebrantados de corazón; y salvará á los contritos de espíritu.