The Lord Will

Fe y salud emocional

Si Dios cambia el corazón, ¿qué debe hacer el creyente?

Gracia, fe, responsabilidad y acción concreta a partir de Ezequiel 36. Cómo la fe recibe el don sin volverse pasividad, y por qué los medios de cuidado pueden formar parte de la providencia.

Por Ugo Candido8 min de lectura

Nota de seguridad. Esta guía ofrece un estudio bíblico y una aplicación pastoral. No es una valoración médica ni psicológica y no sustituye la ayuda de un profesional. La fe no es un sustituto del cuidado: no interrumpas por tu cuenta un tratamiento. Si estás en peligro inmediato o tienes pensamientos suicidas, busca ayuda de inmediato: llama al número de emergencias local, acude al servicio de urgencias más cercano o contacta con un servicio de crisis oficial de tu país.

Esta es la segunda guía de la serie sobre Ezequiel 36. La primera guía mostró que la transformación comienza en Dios. Ahora la pregunta es: si el cambio decisivo es obra de Dios, ¿qué le queda por hacer al creyente?

En resumen

Ezequiel 36 atribuye a Dios el cambio decisivo. El creyente no puede fabricarse un corazón nuevo, pero eso no lo vuelve pasivo. La fe recibe la promesa, consiente a la verdad y coopera dando el paso posible. La obediencia no produce la gracia: comienza a vivir lo que la gracia hace posible.

El consuelo para quien no logra cambiar

Una de las experiencias más dolorosas del creyente en dificultad es conocer lo que debería hacer y no lograr producir el deseo, la paz o la constancia necesarios.

Puede saber que debería perdonar, pero seguir sintiendo resentimiento. Puede saber que una relación ha terminado, pero sentirse todavía dominado por el apego. Puede saber que Dios es fiel, pero no lograr sentir seguridad. Puede saber que debería pedir ayuda, pero sentirse paralizado por la vergüenza.

Ezequiel 36 no responde con una simple orden de intensificar el esfuerzo. Dios dice: "Os daré un corazón nuevo".

Esta promesa reconoce implícitamente un límite: el ser humano puede disciplinar muchos comportamientos, pero no puede ordenar directamente a su propio centro interior que se vuelva vivo. No puede crear con la sola voluntad una confianza que todavía no posee.

La fe comienza, por tanto, no desde la autosuficiencia, sino desde la confesión:

"No puedo transformar por mí solo el punto del que nacen mis reacciones. Dios puede actuar donde yo no llego."

La fe no produce el don: lo recibe

La fe no es una fuerza psicológica que obligue a Dios a realizar el resultado deseado. No es pensamiento positivo, intensidad emocional ni certeza ininterrumpida.

La fe bíblica es confianza en la persona y en la promesa de Dios. Puede ser fuerte o vacilante. Marcos 9:24 conserva una oración honesta: "¡Sí, creo!… ¡Ayúdame en mi falta de fe!" (NVI).

Esto impide una peligrosa transformación de la fe en desempeño:

  • "Si todavía sufro, no he creído lo suficiente."
  • "Si el fármaco me sirve, mi fe es débil."
  • "Si recaigo en un comportamiento, Dios no está obrando."
  • "Si no siento paz, la promesa no vale para mí."

Ninguna de estas conclusiones se deriva necesariamente de Ezequiel 36. La maduración espiritual puede ser gradual; los síntomas clínicos pueden tener un curso independiente de las sensaciones religiosas; la fe puede existir dentro del miedo, no solo después de que el miedo haya desaparecido.

La paradoja de Ezequiel 18 y 36

Ezequiel contiene una tensión importante.

En el capítulo 18 Dios ordena: "Arrojen de una vez por todas las maldades que cometieron contra mí y adquieran un corazón y un espíritu nuevos" (Ezequiel 18:31, NVI).

En el capítulo 36 promete: "Les daré un nuevo corazón y derramaré un espíritu nuevo entre ustedes" (Ezequiel 36:26, NVI).

El primer texto subraya la responsabilidad: el pueblo debe abandonar el mal. El segundo subraya el don: Dios debe producir la transformación decisiva.

No es necesario aplanar la tensión. Ella expresa dos verdades bíblicas:

  1. la persona está realmente llamada a responder;
  2. la capacidad de responder fielmente depende de la gracia de Dios.

Ezequiel 36 usa un lenguaje muy fuerte: Dios hará caminar al pueblo en sus normas. Algunos intérpretes ven en ello un acento casi determinante de la eficacia divina. Otros lo leen en el marco más amplio de la relación de alianza y de la respuesta humana. El versículo, por sí solo, no debe transformarse en una teoría completa del libre albedrío. Su punto inequívoco es que la restauración no dependerá de la sola fuerza moral de Israel.

El paralelo de Filipenses 2:12-13

Pablo expresa una tensión semejante:

"Lleven a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad."

— Filipenses 2:12-13 (NVI)

El creyente actúa, pero la acción no nace de una autonomía absoluta. Dios obra en el querer y en el hacer.

La gracia no compite con la acción humana como si Dios hiciera un porcentaje y la persona el resto. En la lógica del texto, Dios hace posible una respuesta auténticamente humana. La persona no se convierte en una marioneta: recupera la capacidad de querer y de actuar según el bien.

Recepción, consentimiento y cooperación

El papel del creyente puede describirse con tres palabras.

Recepción

Reconozco que el corazón nuevo es un don. No debo merecer el inicio de la obra de Dios.

Consentimiento

Permito que la verdad me alcance. Dejo de defender automáticamente todo lo que Dios está mostrando como falso, idolátrico o destructivo.

Cooperación

Doy el paso concreto que la gracia hace posible: pido perdón, respeto un límite, sigo un tratamiento, interrumpo un comportamiento, busco consejo, acepto no controlar a una persona o un resultado.

Esta cooperación no compra la gracia. Es la forma concreta de la respuesta.

"Dios se ocupará del resto": cuándo es verdad

La expresión es sana cuando significa:

"Dios es la fuente, la guía y la culminación de la transformación. No debo salvarme yo solo."

Se vuelve espiritualmente peligrosa cuando significa:

"No debo hacer nada hasta que Dios modifique todas mis emociones y circunstancias."

Una persona puede usar la providencia como coartada para evitar decisiones difíciles. Puede orar por la liberación de una adicción mientras sigue manteniendo acceso a la sustancia. Puede pedir paz permaneciendo voluntariamente en un entorno abusivo. Puede esperar una sanación milagrosa rechazando una valoración urgente.

La fe no autoriza la inercia ante un deber claro o un peligro concreto.

Los medios de cuidado y la providencia

Fe y medios de cuidado no son categorías rivales. Una persona puede creer que Dios obra y, precisamente por eso, utilizar responsablemente lo que está disponible:

  • médico de familia;
  • psicólogo o psicoterapeuta cualificado;
  • psiquiatra;
  • fármacos prescritos;
  • comunidad eclesial sana;
  • amistades fiables;
  • sueño, alimentación y rutinas;
  • protección legal o social en una situación abusiva.

La teología cristiana de la providencia ha reconocido tradicionalmente que Dios puede actuar mediante causas e instrumentos ordinarios. Rechazar un medio apropiado no es automáticamente mayor fe.

Cuando la fe se usa para culpabilizar

Algunas frases religiosas pueden agravar el sufrimiento:

  • "Solo tienes que confiar más."
  • "Un verdadero creyente no tendría ataques de pánico."
  • "La depresión es ingratitud."
  • "No necesitas terapia, necesitas a Dios."
  • "Si tomas psicofármacos no estás confiando en el Espíritu."

Estas afirmaciones confunden categorías distintas y pueden retrasar cuidados necesarios. La Biblia presenta creyentes que conocen el miedo, la desesperación, el duelo, el cansancio y el deseo de morir; no autoriza a deducir un diagnóstico espiritual a partir de un síntoma.

La corrección cristiana puede ser necesaria cuando existen pecado, mentira o irresponsabilidad. Pero no debe inventar culpa donde hacen falta valoración, cuidado y compasión.

Marta: de la oración mágica a la fe operante

Marta oraba: "Señor, si me amas, haz que mañana ya no sienta nada". Consideraba cada retorno del dolor una prueba de fracaso espiritual.

Un acompañamiento más sano le propuso una oración diferente:

"Señor, no puedo ordenar a mi corazón que sane hoy. Te pido que obres en mí. Mientras tanto, muéstrame el paso fiel que puedo dar."

Aquel paso no fue espectacular. Marta pidió cita con una psicóloga, dejó de revisar los perfiles de la persona de la que se había separado y le dijo a una amiga que las tardes se habían vuelto difíciles.

Estas acciones no eran alternativas a la fe. Eran la forma concreta que la fe asumía aquel día.

Cómo distinguir fe y pasividad

La fe tiende a producir:

  • mayor contacto con la realidad;
  • capacidad de aceptar límites;
  • responsabilidad por las propias acciones;
  • disposición a recibir ayuda;
  • perseverancia sin pretensión de control;
  • obediencia posible en el presente.

La pasividad espiritualizada tiende a producir:

  • aplazamiento indefinido;
  • negación de los riesgos;
  • dependencia de signos extraordinarios;
  • rechazo de los medios ordinarios;
  • desresponsabilización;
  • atribución a Dios de decisiones que la persona no quiere asumir.

Una regla sencilla

El creyente no debe preguntarse únicamente: "¿Hará Dios algo?". Debe también preguntarse:

"¿Qué acto de verdad, amor y responsabilidad tengo ya delante de mí?"

Una formulación equilibrada es esta:

El creyente no rehace su propio corazón; lo confía a Dios. La fe recibe el don, la obediencia comienza a vivirlo y los medios de cuidado pueden ser parte de la providencia mediante la cual Dios sostiene a la persona.

Para la oración y la práctica

Completa estas tres frases:

  1. "La parte que no logro cambiar yo solo es…"
  2. "El medio de ayuda que estoy rechazando o aplazando es…"
  3. "El paso fiel y verificable que puedo dar antes de mañana es…"

Continúa la serie

Fuentes y referencias


El texto bíblico corresponde a la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional® NVI® © 1999, 2015 por Biblica, Inc.® Usado con permiso. Reservados todos los derechos en todo el mundo.

Autor:
Ugo Candido
Revisado por:
Equipo Editorial de The Lord Will, Revisión editorial
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Fe y salud emocional
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